No poner límites es abandonarnos a nosotras mismas



Todos los seres humanos buscamos ser amados, valorados y aceptados tal como somos.

Pero en algún momento de nuestra infancia aprendimos que, para ser amados y aceptados, debíamos adaptarnos a las expectativas que nuestros principales cuidadores tenían de nosotros, o a sus necesidades. La única forma de ser vistas era convertirnos en alguien que apaciguara y satisficiera a nuestros padres, que se adaptara a sus ritmos, sus tiempos y sus estados de ánimo, en vez de ser nosotras las apaciguadas y cobijadas. Especialmente considerando que nosotras no teníamos las herramientas para hacerlo, mientras que, como adultas, sí tenemos la capacidad y los recursos para darnos lo que necesitamos.


Esta experiencia de dejar de ser nosotras mismas para recibir una sonrisa, orgullo de parte de nuestros progenitores o aceptación, la hemos traído con nosotras a nuestra adultez. La creencia que hemos incorporado es la siguiente: “Si quiero formar parte y ser incluida, debo esconder las partes de mí que generan indiferencia o rechazo en el otro”. Y por nuestra lectura errada de la realidad, creemos que eso significa todo lo que somos.


Pero esto conlleva un gran problema. Como nos movemos por la vida creyendo aquello, esa es la energía en la que vibramos, por ende, terminamos atrayendo a nuestra experiencia gente que nos rechaza, nos maltrata o nos ignora.


Cómo los demás nos tratan es un directo reflejo de cómo nos tratamos a nosotras mismas. Si nos maltratamos, criticando quién somos y creyendo que no somos valiosas y somos indignas de ser aceptadas en nuestra totalidad, entonces así es cómo nos tratarán los demás.


El ciclo de la no aceptación que lleva a experimentar vínculos de rechazo nos convence de que tenemos razón: nadie nos va a amar por como somos. ¿A qué conclusión llegamos? Que debemos seguir cediendo y modificando aspectos nuestros para “pertenecer”. E incluso entonces, nunca va a ser suficiente. ¿O acaso alguna vez sentimos que somos suficientes cuando hacemos aquello que creemos que el otro espera de nosotras? Quizás un rato, un pequeño destello de alivio, pero no es duradero.


Por otro lado, tenemos la carga social, cultural y religiosa que aplaude y alaba a las personas que “lo dan todo por los demás”. Si hubo alguna carencia de afecto en nuestra infancia (por más que sepamos que nuestros padres nos aman y los amemos: hicieron lo mejor que podían con las herramientas que tenían), nuestra psique va a responder a ese aplauso y se va a sentir mejor, vista, valorada. Caemos en la falsa creencia de que la única manera de ser personas valiosas, bondadosas y extraordinarias es haciendo lo que los demás piensan que debemos hacer según estructuras e ideas (muchas veces disfuncionales) instaladas en la sociedad.

Y así escuchamos frases como: “Es re buena amiga, siempre que la necesitás deja lo que está haciendo para acompañarte”; “Es excelente profesional, no falta nunca, incluso viene cuando se siente enferma. Si necesitás que se quede horas extra, lo hace sin quejarse ni pedir una remuneración. Hace lo que sea que le pidas”; “Es excelente persona, lo único que hace los fines de semana es ser voluntaria en diferentes organizaciones de caridad”; “¡Qué buena hija! ¡Nunca decepciona a sus padres y les da todo lo que ellos necesitan de ella!”; “¡Es tan buena persona! Siempre te escucha y está atenta a lo que le decís y no suele compartir sus problemas. Siempre está disponible”.


Si bien algunas de estas cosas las hacemos porque las elegimos y las disfrutamos (ej. Puede que realmente ames tu trabajo, o te sientas acompañada y en grupos de contención cuando vas a organizaciones los fines de semanas, o no te cueste mucho esfuerzo o estrés acompañar a tu amiga en momentos de dificultad), cuando hacemos algo que no deseamos hacer solamente porque creemos que es lo que el otro necesita y espera de nosotros, nos estamos abandonando a nosotras mismas. Creemos que haciendo lo que el otro espera de nosotras, vamos a recibir el amor y la aceptación que tanto anhelamos y buscamos, por eso nos apresuramos a ceder y a hacer lo que sea por encontrarnos con el elogio.

Pero -y esto es muy importante que lo recuerdes-: Nunca nada de lo que hagamos va a ser suficiente para el otro.


Porque siempre van a pedir o demandar más. O apenas cambies tu comportamiento, va a haber una recriminación porque están acostumbrados a que reacciones de cierta manera a sus demandas y no pueden comprender qué sucedió que de pronto, ya no estás cumpliendo con lo pactado tácitamente.


Nada va a ser suficiente para el otro porque tampoco nada es suficiente para vos. ¿En qué sentido? El amor y la aceptación que estás buscando no lo vas a encontrar abandonándote a vos misma ni lo vas a encontrar en una frase al pasar o un agradecimiento momentáneo. No te va a llenar ni ayudarte a sentirte plena. Solo vos te podés dar eso.


Vas a recibir las reacciones del estilo antes mencionadas, porque como todavía no te has terminado de amar y aceptar a vos misma incondicionalmente, de priorizarte y pensar cuáles son tus necesidades y deseos, por delante de las de los demás, los demás van a reflejar lo que pensás de vos misma.


Y lo que olvidamos en estas circunstancias es que en un vínculo de a dos hay 2 personas con deseos, necesidades y expectativas. Tu deseo sería el de ser amada incondicionalmente; el deseo del otro, por ejemplo, sería que actúes tal como él/ella espera para no frustrarse ni decepcionarse (y, al final de cuentas, sentirse vista y aceptada).


Ahora bien, aquí hay una lucha de los dos deseos. Si vos estás agotada mentalmente y tuviste una semana intensa, ¿por qué son más importantes los tiempos y necesidades de esa amiga tuya que cada vez que le sucede algo exige que estés presente?


Uno cree que cuando uno pone un límite, prioriza sus deseos “egoístas” por sobre las necesidades “reales y dignas de ser compadecidas” del otro. Pero cuando uno no pone un límite, está cediendo ante el deseo del otro, que, en el fondo, te está diciendo: “Lo que yo necesito y cuándo yo lo necesito es más importante que lo que vos necesitás”.

Quiero aclarar que en este proceso de aprender a poner límites y comprender cuándo el otro nos está drenando de energía o incluso utilizando, es importante no vilificar a esa persona.


Todos hacemos lo que podemos con las herramientas que tenemos.


Nadie nos trata de una cierta manera, al menos que nosotros se lo hayamos habilitado primero.


Es decir, la dinámica entre nosotros dos era beneficiosa para ambos: la otra persona recibía lo que deseaba tangible o emocionalmente, y yo también: la sensación de ser necesitada (por ej., por una amiga), la validación de mi persona (ej. sintiéndome bien conmigo misma por pasarme los fines de semana como voluntaria, aunque no me sentía con fuerzas para hacerlo), el amor de nuestros padres (ej. Haciendo cosas que realmente no quería hacer o teniendo conversaciones que me drenan por miedo a su crítica), etc.

El otro no es el enemigo. Simplemente es el espejo que nos muestra cómo nos hemos estado tratando y qué pensamos sobre nosotras mismas. El otro es la oportunidad de conocernos, de crecer y evolucionar. También es la oportunidad de sanar.


Los límites nos acompañan en el camino de sanar nuestras heridas, de ser amorosas y compasivas con nosotras mismas, de trabajar en el amor propio y el adorarnos tal como somos. Y en el proceso, al mostrarle a los demás cómo nos tratamos y nos cuidamos, les estamos enseñando cómo podrían tratarse a ellos mismos. De una manera más compasiva y amorosa. En vínculos más profundos y saludables donde cada uno tiene el espacio para ser tal como es y es amado y aceptado por quién es.


Poner límites no solo nos ayuda a crecer y a sentirnos cada vez mejor y más empoderadas. Sino que, además, transforma los vínculos a nuestro alrededor. Disolviendo aquellos que nos drenan y hieren, transformando aquellos que pueden florecer de manera diferente, y abriendo camino para nuevas relaciones que están más en alineación con nosotras y nuestra presente vibración.

Creemos que poniendo límites vamos a perder amor y aceptación.


Pero no comprendemos que solamente poniéndolos es cuando realmente experimentaremos ese amor y aceptación que venimos buscando toda la vida.

En los próximos blogposts, seguiremos conversando sobre cómo establecer límites (¡y cómo hacerlo sin sentir culpa!) y cómo discernir cuándo y con quién es importante establecerlos. ¿Querés hacerme alguna pregunta? Escribime a contacto@mjcormackj.com o visitá nuestro instagram @mj.cormackj

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