La libertad y el merecimiento


La libertad tiene que ver con la adultez.


Cuando somos niños, los adultos toman todas las decisiones por nosotros porque no podemos hacerlo por nosotros mismos. A medida que vamos creciendo, vamos adquiriendo más posibilidad y capacidad de elegir, vamos teniendo más autonomía en vez de depender de otro. Podemos elegir qué queremos hacer de nuestra vida e incluso, qué es lo que deseamos para cada momento de nuestro día.


Hoy, debido a circunstancias externas, no somos libres ni podemos elegir (ir a trabajar, a dónde ir, qué hacer, a quién ver). Hay una obligación de permanecer en nuestros hogares y dejar de hacer todo aquello que nos llena y nos hace bien, lo que genera una sensación de no poder adueñarnos de nuestra vida.

Psíquicamente, esto nos coloca en un lugar infantil. El ‘yo’ parte desde un lugar de fragmentación (apenas nacemos y durante nuestra infancia), que se va uniendo a medida que vamos construyendo nuestra identidad y vamos armando el rompecabezas de quién somos. Debido a las circunstancias que estamos atravesando, nuestra psique se remite a este lugar de fragmentación propia de la niñez. Esto puede despertar en nosotras angustia, tristeza y hasta desmotivación, porque sentimos que no podemos proyectar un futuro que nos entusiasme e ilusione. Nos genera miedo porque tememos perder todos esos espacios que fuimos conquistando a medida que fuimos creciendo.


El no merecimiento nos lleva a entregar nuestro poder


Además, debido a la resonancia y relación que se establece entre el presente y nuestro pasado, algo en nosotras nos recuerda (falsamente) que no somos capaces de elegir, que no tenemos las herramientas ni recursos para mantenernos saludables y cuidarnos, que no tenemos capacidad de discernimiento y no somos lo suficientemente maduras para decidir y hacernos cargo de nuestras elecciones. Si esta situación en particular resuena con alguna vivencia de infancia, aunque sea en una pequeña medida, la memoria de estas experiencias va a traer a nuestro presente las creencias antes compartidas: no merecemos una vida plena y no sabemos qué es lo mejor para nosotras. Es por esto que podemos estar experimentando emociones fuertes que son difíciles de transitar.


Por otro lado, por nuestro condicionamiento y experiencia de lo que necesitábamos cuando éramos niños, nos recordamos una y otra vez como mantra que la seguridad es más importante que la libertad, y que necesitamos que alguien externo nos diga qué hacer, porque no hemos aprendido -ni confiamos- en hacernos radicalmente responsables de nuestras vidas. Actuamos desde la creencia de que no somos lo suficientemente adultas y maduras para decidir.


Esto nos lleva muchas veces a ceder nuestro poder, porque es más fácil que otra persona tome las decisiones por mí así no tengo que hacerme cargo de las consecuencias de lo que pudiese ocurrir. Tenemos miedo de nuestra propia capacidad de creación, de nuestro poder de elección, de la capacidad que tenemos de ser los protagonistas de nuestra propia historia. Tenemos miedo de nuestra luz. Por eso no priorizamos nuestra libertad. Da más miedo nuestra soberanía que nuestra fragilidad.


Pero ¿de quién depende el que yo sea libre?


Entre esto que te comento sobre lo que despierta la cuarentena en uno, sumado a las injusticias que cada vez se hacen más evidentes en diferentes países y grupos del mundo, podemos preguntarnos: ¿Debemos luchar y trabajar por nuestra libertad? Sí. ¿Debemos defenderla y bogar por ella? Definitivamente. Es importante ser una voz para los que no tienen una voz y ser nuestra propia voz. Comunicar lo que necesitamos, lo que creemos, quién somos.


Pero no podemos depender de un agente externo para sentirnos -o no- libres. Siempre van a existir situaciones en las que no sintamos que podemos ejercer nuestra libertad. El tema está en cómo yo me paro frente a esa situación y cuánto desarrollo mi propia libertad interior.


SIEMPRE podemos sentirnos libres, aún en los momentos de mayor sometimiento y esclavitud. Es por esto que, en esta cuarentena, te encontrarás con muchas personas que la están detestando y con muchísimas más que amaron muchos aspectos de la misma. ¿Por qué? Porque descubrieron que les encanta quedarse en su casa, que la conexión con sus hijos es más profunda, que disfrutan de no tener tantos planes y programas para el fin de semana, que hay otra forma de trabajar, que no estar con tanta gente todo el tiempo baja la ansiedad y nutre ese espacio sagrado de silencio en nosotras. Muchas personas se sienten libres no por la cuarentena en sí, sino porque descubrieron lo poco libres que eran en sus vidas cotidianas ocupadas y ajetreadas, llenas de obligaciones y exigencias. Y descubrieron cuánto les gustaría cambiar un montón de aspectos de sus vidas porque claramente la forma en la que vivían antes no estaba funcionando ni los estaba enriqueciendo. Porque el “debería” no estaba a su servicio.


Para hacer un trabajo más profundo, siempre hay que ir hacia adentro para encontrar las respuestas que estamos buscando afuera. Cuando proyectamos en el mundo externo nuestro mundo interno, nos perdemos la oportunidad de ver dónde está realmente la raíz del problema, cuál es nuestro conflicto, por qué sentimos lo que sentimos hacia lo que vemos y experimentamos. De esta manera, realmente podemos trabajar en liberarnos de nuestras creencias limitantes, de nuestras ideas caducas sobre cómo deberían ser las cosas y cómo debería actuar uno, de la necesidad de que la realidad se adapte a nosotros para que nos sintamos como queremos sentirnos.


No podemos depender de otro para sentirnos libres, expansivos, plenos. Puede que la restricción sea real, que no podamos movernos de nuestros hogares, y lo suframos aún más si no estamos de acuerdo con la narrativa que apoya esas decisiones. Pero no podemos permitir que una idea, un concepto que otra persona tiene de la realidad, determine nuestro bienestar.


Vos sos libre. Puedas salir de tu casa o no.


Vos sos libre. Te dejen salir del país o no.


Vos sos libre. Te dicten cómo relacionarte con los demás o no.


Vos sos libre. Te digan como cuidar de tu salud o no.


La soberanía es tuya. Y aunque te limiten ciertas decisiones, no te están quitando tu poder personal.


Porque la libertad para vivir lo que está sucediendo en el mundo externo de la manera que lo desees, es tuya. La libertad para crecer, expandirte, soñar, aprender y encontrar mayor paz interior, es tuya. Nadie te puede quitar tu esencia ni robar tu capacidad de llegar más alto y más lejos.


Y nadie te puede quitar de tu centro, al menos que se lo permitas.


Vivimos en un mundo de amos y esclavos. Tanto a nivel físico como psicológico. Y sí, los opresores deberían enfrentar las consecuencias de sus actos con medidas concretas. Debería haber justicia. Pero como dice Peta Kelly: “Estate atento en todo momento a que desmantelar los programas de separación y control requiere que primero los desmantelemos en nosotros mismos. El sistema es como es porque nuestros corazones no han exigido algo mejor. Nos hemos sentido tan indignos de completa y absoluta liberación dentro de nosotros mismos, que no se lo hemos demandado a las ‘estructuras’. Debemos sanar el no sentirnos dignos y la separación que hay en nosotros primero”. Y todo lo demás, vendrá por añadidura.


Si en este momento, te sentís libre en tu casa, ¿por qué es? ¿De qué te has liberado interiormente? ¿Qué sentís que ha cambiado dentro de vos y cómo te relacionás con el mundo gracias a que las circunstancias externas han cambiado?


Si por alguna razón no te sentís libre, pregúntate: ¿En qué aspectos estoy cediendo mi poder personal? ¿Por qué creo que mi libertad depende de otro? ¿Por qué no me siento libre? ¿Qué limpiezas internas tengo que hacer para que el mundo externo no determine mi sensación de libertad?


Por supuesto que sería genial -y es nuestro derecho- que todos fuésemos absolutamente libres (mientras que mi libertad no comprometa al otro). Y realmente creo que estamos trabajando hacia ese mundo. Creando una nueva tierra donde cada persona puede expandir su vida de la manera que más desee y esté en alineación con su propósito.


Pero para que eso se vea reflejado en el mundo externo, tenemos que hacernos radicalmente responsables de nuestras creencias, nuestras emociones, nuestros pensamientos y nuestro cuerpo; trabajar en sentirnos tan interiormente libres, que nuestro poder personal ilumine nuestro camino y al otro. Si no nos creemos merecedores de una realidad externa que apoye nuestro crecimiento, nuestro bienestar, una mirada positiva y esperanzadora de la vida, obtendremos todo aquello que no deseamos, pero que seguimos manifestando una y otra vez.


Si no nos sentimos valiosas, seguiremos manifestando en el mundo externo situaciones que corroboren la idea de que no somos valiosas.


La libertad, ante todo, es interna. Nadie puede quitarnos nuestra libertad interior y la capacidad de posicionarnos frente a la vida como lo deseamos.


Solamente cuando nos hagamos radicalmente responsables de nosotras mismas y desmantelemos en nosotras lo que continuamente vemos reflejado en el mundo y no deseamos en absoluto para nosotras, veremos en el mundo externo los resultados de ese trabajo interior.


Solo lo que está resuelto en nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestra alma, podrá quedar resuelto en nuestra realidad física.


Es más fácil de lo que uno cree: lo que es adentro es afuera. Trabajá en tu libertad interior y vas a ver cómo todo cambia.


© María José Cormack 2020 | Página web creada por Delfina Velarde.