La densidad del 2020. Y su luz.


El año comenzó intenso con los incendios en Australia, miles de personas evacuadas y todo un hábitat siendo destruido. Luego, llegó el coronavirus que paralizó el mundo. Hoy, Estados Unidos se prende fuego en una batalla contra el racismo y la brutalidad policial.


Menciono estos eventos porque sacudieron a la humanidad a nivel mundial, pero entre ellos, miles de otros dramas humanos fueron sucediendo detrás de escena de los cuales ni nos enteramos.


La energía está densa e intensa. Hay mucha oscuridad, mucha confusión, mucha angustia en el mundo. Queremos que algo cambie, pero a la vez tenemos miedo al costo del cambio. Queremos que las cosas cambien, pero a veces es difícil incorporar esos cambios a nuestra vida diaria y comenzar a elegir diferente. Queremos que las cosas cambien, pero tenemos miedo, porque el futuro que anhelamos nunca lo hemos vivido, entonces nuestra mente consciente, nuestra mente inconsciente y nuestro cerebro no reconocen un escenario diferente al que estamos viviendo y hemos vivido.


Un escenario de caos. De separación. De Confrontación.


Pensamos que es lo último que queremos, pero estamos tan familiarizados a nivel personal, generacional y colectivo con el caos y la división, que creemos que no hay otra alternativa, que no existe otra manera de relacionarnos. Somos adictos al sufrimiento y estamos programados para repetir lo mismo una y otra vez y esperar los mismos resultados (aunque creamos que queremos algo diferente de lo que siempre hemos obtenido).


Nadie podría haber predicho lo que iba a suceder en el 2020. Quizás esa es la única manera de darnos cuenta que la forma en la que vivíamos claramente no era la única y verdadera, y que todo lo que creíamos tan certero, tan inamovible, tan real, no era tal. Todo puede cambiar en cuestión de segundos, nosotros totalmente impotentes e indefensos frente a semejante movimiento. Y así fue.


No estamos en control. Nunca tuvimos todas las respuestas. Las cosas no son lo que parecen.

Frente a tanta oscuridad, nos animamos a preguntarnos: ¿entonces qué es lo verdaderamente importante? Si todo lo que yo creía era mi identidad, desaparece en cuestión de segundos, ¿quién soy y qué quiero? Pero las respuestas a estas preguntas no deben llegar en forma de cliché, sino honestamente, con respuestas crudas, incómodas, no romantizadas.


Hace unos meses creíamos que no podíamos hacernos ciertas preguntas porque “hay que trabajar”, “de alguna manera hay que ganar plata”, “las cosas son así y van a seguir siendo así (por ej., la educación, el sistema médico, la discriminación, la pobreza, etc.)”, “no tengo tiempo”, “no me puedo dar el lujo”, etc.

Claro, porque vivíamos en un mundo tridimensional donde creíamos ciento de cosas imposibles y que, dentro de una estabilidad, había un orden. Un orden injusto, doloroso. Pero estable y familiar, en fin. ¿Cómo imaginar una vida plena, expansiva, lúdica? ¿Cómo imaginar belleza, placer y paz? Parecía fuera del alcance, fuera de nuestras manos. Y si acaso lo mencionábamos, nos llamaban ingenuos, idealistas o nos decían que no estábamos en contacto con la realidad.


Las verdades que trajo consigo el Covid-19 nos incomodaron sobremanera. Especialmente, las siguientes:


Nunca supimos qué iba a pasar al día siguiente, siquiera el mismo día.


Siempre iba a llegar el día de nuestra muerte.


Teníamos una ilusión de control. Pensábamos que sí sabíamos qué iba a suceder y cómo se iba a desarrollar nuestra vida. Y basándonos en el pánico que surgió frente a la aparición de un virus con un riesgo de mortalidad de 0.001% y como consecuencia de las medidas siendo tomadas a nivel mundial, al parecer, creíamos que no íbamos a morir nunca. Al parecer, también, nos convencimos de que era la única manera en la que podríamos morir. Por eso nos encerramos en nuestras casas. Pero durante esta cuarentena, murieron en sus casas miles de personas por razones completamente ajenas al coronavirus. Porque la muerte llega, y el querer evitarla a un nivel físico es solamente un reflejo del miedo que tenemos de vivir y de no estar viviendo la vida tal como desearíamos.


La tendencia del 2020 es: un año de mucha oscuridad, densidad, incertidumbre y dolor. Tanto personal como colectivo. Esa es la energía disponible.


Pero nosotros lo hemos elegido. A nivel consciente e inconsciente, e incluso a nivel alma, nos dimos cuenta que no queríamos seguir viviendo tal como lo estábamos haciendo hasta ahora. Que “lo normal” no era sano, no estaba a nuestro servicio. Y hablo desde la corrupción a nivel institucional hasta el que no hayas podido pedir un aumento de sueldo. Hablo desde la trata de blancas hasta la frustración de estar en un trabajo que no te gusta ni te llena. Hablo sobre todo el abanico de posibilidades de la humanidad.


Para poder renacer de entre las cenizas, primero es necesario quedar en cenizas. Quemar todas las fundaciones que no nos hacían bien y las partes de nuestra vida e historia cuyas bases eran el trauma, la lealtad inconsciente a patrones de comportamiento generacionales dolorosos, creencias limitantes y hasta dañinas, la auto-crítica y la auto-traición, y el desempoderamiento. Que desaparezcan todas las estructuras.


Esto está sucediendo a nivel energético y lo podemos sentir. La ola es imparable. De un día para el otro, todo lo que conocíamos del mundo desapareció y comprendimos que si bien parece que estamos limitados y han desaparecido todas nuestras ilusiones sobre un futuro soñado, en realidad se abre un campo de posibilidades infinitas frente a nosotros.


Nos damos cuenta que la libertad y el empoderamiento están dentro de nosotras, no afuera. No lo definen circunstancias externas, sino nuestra propia inclinación interior.


Somos seres libres. Somos seres soberanos. Hemos venido cediendo nuestro poder personal y nuestra fortaleza interior por años, pero hoy sabemos que ese poder personal y esa fortaleza están en nosotras.


2020 va a ser un año oscuro y denso. Pero solamente en la oscuridad, uno puede enfrentarse a las propias sombras, sanar y trascender. Solo en la oscuridad es más visible la luz. Solo en la oscuridad podemos hacer foco en la resiliencia y valentía de las generaciones que nos antecedieron, en los recursos y sabiduría que nos legaron, en su amor por la vida y por nosotros. Y también en aquello que no pudieron superar, no supieron enfrentar. Hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. Y si bien eso nos ha afectado a las generaciones que siguieron, ellos también sufrieron. No sabían lo que sabemos ahora. No tenían las herramientas que tenemos ahora.


Está en nosotras ELEGIR DESDE EL MIEDO O ELEGIR DESDE EL AMOR.


ELEGIR DESDE LA OSCURIDAD O ELEGIR DESDE LA LUZ.


Está en nosotras ir contra siglos de condicionamiento humano de separación, división, confrontación y odio, para abrazar la unión, el amor, la luz y la paz.


Nosotras podemos construir la realidad que deseamos para nuestra vida y podemos construir el mundo que deseamos legar a los que vendrán.


2020 va a ser un año oscuro y denso. Pero solo si no creemos en el milagro. Si no confiamos que podemos propiciar milagros y podemos ser los receptores de milagros. Si no tenemos fe en la humanidad. Si no vamos para adentro, a bucear en nuestro propio interior para registrar qué estamos proyectando en el afuera. Ejemplo:


El temor a un virus puede ser (porque somos seres complejos y únicos), en realidad, el temor al no estar viviendo, a sentir que algo de allí afuera puede sorprenderme, debilitarme y enfermarme.


La angustia por el racismo puede, en realidad, el recuerdo en nosotras de los momentos en que hemos sido maltratadas, en que nos hemos dejado avasallar, en que nos hemos sentidos desprotegidas en el mundo y en nuestros hogares.


La inquietud por la cuarentena interminable puede ser, en realidad, el temor a no ser mi propia autoridad, a seguir cediendo mi poder a un agente externo, el creer que yo no sé qué es lo mejor para mí y alguien tiene que decidir por mí. Es el miedo a que me quiten la libertad y la voz, tal como puedo haber experimentado en mi infancia.


¿Cómo revierto la polarización y vuelvo a mí cada vez que estoy tentada a mirar en el afuera?:


Si temo que me censuren, practico: ¿cómo puedo usar mi voz? (Ya sea diálogo interno o con los demás).


Si temo la esclavitud y el racismo, practico: ¿cómo puedo ser libre hoy?


Si temo la descalificación y la crítica, practico: ¿cómo puedo dejar de criticarme y comenzar a tratarme bien?


Si temo una enfermedad y el contagio, practico: ¿de qué maneras me estoy enfermando con mi estilo de vida y mis pensamientos? ¿De qué maneras me estoy separando del otro y convenciéndome que es la razón de mis males?

En una de las protestas contra el racismo en Estados Unidos, un enorme grupo de manifestantes llenos de enojo, frustración, impotencia y deseo de justicia, se acercaron a las comisarías con carteles y gritando, preparados para el enfrentamiento. Los policías de dicha comisaría salieron humildemente y, con suavidad, se arrodillaron frente a la multitud en reconocimiento. Sorprendidos, los manifestantes no sabían cómo responder. Luego, comenzaron a llorar, conmovidos, y los policías y las personas que participaban de la manifestación, se abrazaron. (Podés ver las imágenes de esta escena y varias más que se repitieron del mismo estilo, haciendo click aquí)


Este momento de belleza y luz, ¿soluciona todo? No. Son generaciones de trauma por la esclavitud y el sometimiento impresos en la psique de una raza, y generaciones de temor y brutalidad en la psique de la otra raza. Se necesita muchísimo trabajo interior y a nivel colectivo para desarmar la programación subconsciente y para entablar diálogos de unidad y comprensión.


Pero es un inicio. Es el reconocimiento del dolor ajeno, del sufrimiento de todos los seres humanos, de cómo nos hemos venido maltratando desde el principio de los tiempos y hemos usado nuestras ideas, nuestros dogmas, nuestras creencias, como la base para la división y la separación, para la soberbia y la descalificación.


Y cómo nos maltratamos a nosotras mismas. Porque el afuera es solo un reflejo de nuestro conflicto interno.


Cuando pierdas fe, volvé a la esperanza.


Volvé a sentir tu respiración.


Mirá la belleza que te rodea.


Recordá que hay que tenerle fe a la humanidad. Hay que creer. Hay que confiar.


La oscuridad precede a la luz.


Estamos revolucionando el mundo y la tierra nos está revolucionando a nosotros.


Hacé lo que sea para sentirte mejor, para sentirte centrada, enraizada, para habitar en la meditación y la contemplación en tu vida diaria. Para estar siempre cerca de la fe, de la confianza. Para volver al momento presente, al aquí y ahora.


Para tener la certeza de que todo va a estar bien, todo ya está bien. La tierra se está purificando, el mundo se está limpiando.


Esta es nuestra gran oportunidad para imaginar una nueva manera de vivir, radicalmente diferente a la anterior. Desde el alma, desde el espíritu, desde la luz.


Este es EL momento para soñar, para visualizar, para rezar, para creer.


Siempre estamos siendo sostenidas y guiadas. Siempre.


Elegí una y otra vez la luz.


Elegite una y otra vez.


Elegí la imagen de un nuevo mundo una y otra vez.


Porque lo sepamos o no, lo veamos o no…


LO ESTAMOS CREANDO.

© María José Cormack 2020 | Página web creada por Delfina Velarde.