El sufrimiento comparativo y su efecto en nuestras vidas



“Sí, la estoy pasando mal, pero no me puedo quejar”, porque…


Hay gente que la tiene peor”.


Estas dos frases se repiten cual mantra en nuestras conversaciones de estos días. Esta mentalidad ha estado siempre presente en la sociedad, pero se ha vuelto más evidente en tiempos de Covid-19.


Pedimos perdón por las bendiciones en nuestra vida, sintiendo culpa por ellas. De esta manera nos escuchamos compartiendo con amigos y familiares nuestra ansiedad, nuestra angustia o nuestro sufrimiento, pero inmediatamente seguido de: “Pero comparado con las personas en ‘x’ situación, esto no es nada, así que no me puedo quejar”.

También lo escuchamos en boca de los demás:


“Ok, estás sintiendo esto, y atravesando tal situación, pero, al menos…

No estás trabajando largas horas en un hospital.

No tenés que cuidar hijos.

Estás saludable.

No vivís en un espacio cerrado y sin naturaleza.

Seguís trabajando y recibiendo un sueldo”.


Y la lista podría continuar.

Observá tus conversaciones. Lo que la gente publica en Instagram, el discurso político y el de los medios. Si observás con atención, puede que te encuentres con el mismo escenario que se repite una y otra vez: la minimización de nuestras emociones porque creemos que no son válidas frente a las emociones y la realidad de los demás.


Y, por otro lado, puede que te sientas juzgada por otros -y por vos misma- por lo que pensás y sentís. Tenés miedo de que los demás pienses que no sos sensible al dolor del otro, que no sos consciente de lo que le sucede a oras personas, o peor de todo: que no te importa.


Pero aquí nos encontramos con varios problemas: en primer lugar, no hay un ranking para el dolor (no sé por qué insistimos en la comparación). En segundo lugar, no hay forma que podamos saber y medir lo que sucede en el mundo interno de la otra persona y por qué tal o cual situación le afecta de la manera que lo hace. Tampoco lo pueden saber los demás con respecto a nosotras.


Lo único que trae el minimizar el sufrimiento, es más sufrimiento.


El sufrimiento comparativo como pandemia


Brené Brown llama a este fenómeno “sufrimiento comparativo” (comparative suffering), y lo describe como la invalidación de nuestro propio dolor al compararnos con situaciones que creemos peores. ¿Pero por qué lo hacemos? ¿Y en qué nos beneficia?


Nuestro dolor no desaparece porque recordamos que hay alguien que está atravesando una situación más dramática. Y la persona atravesando esa situación más dramática tampoco se beneficia del que vos anules tu sufrimiento. Entonces, ¿por qué sentimos esta necesidad de invalidar el dolor ajeno o el propio, cuando no hay nada más saludable, más auténtico y más capaz de calmar nuestra angustia y darnos perspectiva, que reconocer y validar lo que sentimos?

Todo lo que vos sentís y pensás, es real y es válido. Nadie puede juzgarte por sentir lo que sentís. Mejor dicho: no podés sentirte afectada por el juicio de otro sobre lo que deberías -o no- sentir y pensar.


El sufrimiento de la persona que está internada con Covid-19, el de sus familiares y de los médicos luchando para salvar vidas, es verdadero y real.


Pero también es verdadero y real TU sufrimiento.


No importa si tu angustia es porque cerró tu negocio o porque es abrumador quedarte sola con los chicos en tu casa con jardín. El sufrimiento es sufrimiento. Uno no sufre menos porque tiene trabajo, porque tiene una casa o porque no está enfermo.


Tus conflictos internos, tu angustia y tu temor son verdaderos, son reales y válidos.


Podemos respetar y honrar el dolor de las personas que están atravesando situaciones muy dramáticas, de gran desesperación e impotencia (sea en este momento histórico por el Covid-19 o por cualquier otra razón, en cualquier otro momento de la historia) e incluso, podemos hacer todo lo que podemos para acompañar al otro en su camino, para darle alivio, para ayudar.

Pero no son mutuamente excluyentes.


La compasión por otros nace y se nutre de la compasión hacia nosotros mismos


Todos tenemos crisis personales, todos tenemos duelos en nuestra vida, todos hemos vivido experiencias desoladoras. Quizás hoy, cómoda en tu casa, con un trabajo estable y armonía familiar, te compares con una persona internada en terapia intensiva por el virus y pienses en la tristeza de los familiares por no poder visitarlo. Pero puede que hace un año hayas vivido la muerte de una persona que te devastó, puede que hayas tenido depresión por muchos años, puede que tu hijo se haya enfermado gravemente. Todos atravesamos situaciones de dolor y angustia. Que no sea al mismo tiempo, de la misma forma y durante las mismas circunstancias que otros, no significa que no existe, que no es igual de importante, que no es igual de válido. Que no merecés hacer un duelo y expresarte.


Podemos sentir compasión por las personas que hoy, gracias a esta pandemia, están sufriendo. Pero también podemos sentir compasión por nuestra propia angustia y por nuestro propio desvelo.


Y más importante de todo: ambas se contienen y se nutren. Porque solo podemos ser compasivos con los demás si sabemos ser compasivos con nosotros mismos. Solo si accedemos ese rincón sagrado en nosotras que nos conecta con nuestro mundo emocional y nuestras heridas, podemos comprender lo que es sentirse abrumada por lo que sentimos, por nuestra historia, por nuestras limitaciones. La única manera de comprender lo que están atravesando los demás, es comprendiéndonos a nosotras mismas y dándonos todo el espacio que necesitamos para sentir, para expresar, para transformar. Si sentís tu dolor, lo podés procesar de manera efectiva y transformadora. Esto no solo te conecta con los demás, sino que, además, te fortalece y te centra, lo que, a su vez, te permite estar más disponible para acompañar a aquellos que lo necesiten, y a hacerlo desde un lugar de madurez y fortaleza.


Cuando el miedo y la mentalidad de escasez toman como rehén a una sociedad, la hacen entrar en el mecanismo de lucha o huida: el hacer lo que sea para sobrevivir. Y como nos cuesta tanto hacernos responsables de nuestra vida y orientar nuestros esfuerzos hacia crear nuestra propia realidad, buscamos en el afuera las respuestas a lo que nos sucede. Y como dice Brené Brown, empieza el ping pong de recriminación y de culpa: ¿Quién tiene más? ¿Quién está mejor? ¿Qué están haciendo ellos para ayudar? ¿Por qué tienen lo que yo no tengo? Y finaliza en: ¿A qué debería temerle en este momento y a quién debería culpar por lo que me sucede?


Esto nos aleja de la compasión, porque limita nuestro accionar a nuestro discurso, y crea más separación y división. Y también nos limita, porque no nos permite hacernos cargo de nuestra propia vida y ver todos los recursos internos y externos que están disponibles para nosotros aquí y ahora. Todos tenemos el potencial y el talento para accionar en nuestras propias vidas, lo que nos limita es la mentalidad de escasez, el creer que no somos capaces, que no podemos.


Esta forma de relacionarnos y hablarnos nos muestra cuál es nuestra mentalidad como sociedad sobre el sufrimiento y sobre el apoyarnos entre todos en el dolor.


La raíz de nuestra tendencia a invalidar


¿Por qué tendemos a minimizar e invalidar nuestro sufrimiento y el dolor ajeno? Porque la tendencia de las generaciones pasadas (porque no sabían hacerlo mejor, no porque no quisieran), fue no habilitar -mediante el reprimir y ocultar- el mundo emocional. Los paradigmas que nos vieron llegar a esta tierra fueron: el negar la expresión de los sentimientos en los niños, el decretar inútiles e irracionales las emociones (a las mujeres se les diagnosticaba “histeria” cuando expresaban el abanico de su mundo interno) e insistir que la valentía consistía en superar los eventos traumáticos “sin chistar” y rápido.


Repito: Hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. Hoy que sabemos mejor, hacemos mejor. Pero, aunque no haya sido intencional y ellos mismos hayan sufrido la misma censura que nosotros, los efectos son reales y afectan nuestra vida diaria y nuestra manera de ver y percibir el mundo.


¿De qué forma? Hemos aprendido a no tener en cuenta nuestras emociones, a no darles un espacio y un lugar, a no validarlas. Lo que yo siento no es importante, incluso a veces, no es real (esto tiene un nombre: gaslighting). Por ende, es lo que hoy hacemos con los demás y lo que los demás hacen con nosotros.


Porque no sabemos hacerlo de otra manera, porque no hemos desarrollado las herramientas para observar, procesar y trascender nuestras emociones de una manera saludable.


Una de las consecuencias de esto es que no caemos en la cuenta de que las razones que vemos en la superficie detrás de las emociones o pensamientos de los demás, siempre tienen raíces profundas. Nunca son lo que parecen. Las personas que bogan por más libertad en esta cuarentena, por ejemplo, pueden haber experimentado una profunda sensación de ausencia de elección en la infancia, el no haber sido escuchados, o el haber sido obligados a hacer algo en contra de la propia voluntad. El estado actual de las cosas resuena con información de lo vivido en el pasado, que trae a la superficie mucho sufrimiento. Y es por esto que su activismo y pasión pasa por defender nuestra libertad.

Generalmente, nunca no tiene que ver con el argumento superficial, sino que tiene sus raíces en la profundidad de nuestras almas, nuestras heridas, y nuestros deseos.


No sabemos por qué una persona siente y reacciona como siente y reacciona. ¿Por qué juzgamos cuando no deseamos que nos juzguen a nosotras? ¿Por qué nos permitimos sentirnos juzgadas si sabemos que el otro no tiene idea sobre nuestra historia, nuestras necesidades y nuestro dolor?


¡Cuán libres seríamos si nos dejáramos ser! ¡Si dejáramos ser a los demás! Si pusiéramos nuestra atención y energía en nuestra propia vida en vez de en la de los demás.


Entonces, ¿cómo superar el sufrimiento comparativo?


Tenete compasión, aplícate un poco más de gracia.


Esta es la única manera de transformar y trascender el dolor. Y también, de sentir compasión por los demás y acompañarlos a desarrollar las herramientas y los recursos que vos ya aprehendiste. De conectarte con el amor y la esperanza, y así habilitar al otro que se permita conectar con el amor y la esperanza. Si comenzáramos a hacernos radicalmente responsables por nuestra vida y nuestras decisiones, no solo seríamos más libres, sino que, además, podríamos comenzar a construir una nueva tierra. Con más fe, esperanza y confianza.


La forma de superar el sufrimiento comparativo es registrando todas las veces que sucede en nuestra mente, en nuestras conversaciones y en los discursos de afuera. Y practicando el arte de sentarte con tus propias emociones y pensamientos, sin juzgarlas ni juzgarte, sin etiquetarlas ni etiquetarte, permitiéndote sentir todo, aceptar todo y abrazar todo. Y, por supuesto, aplicando lo mismo con los demás.


Cada vez que te sientas juzgada o que estés juzgando al otro, decí: “Esto es sufrimiento comparativo”. Ponele nombre para verlo como una entidad separada en vez de verlo como la verdad absoluta. Y recordá que empezamos donde estamos. Cuando nos vemos a nosotras mismas, cuando nos sostenemos, cuando nos validamos de las maneras en las cuales no nos sentimos vistas, oídas y contenidas de pequeñas, estamos sanando. Estamos creciendo en amor y paz interior. Solo desde ese lugar, sintiendo calma y desapego, podremos acompañar a los demás en su propio proceso. Solo sanando nosotras mismas, podremos sanar al mundo.

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