El miedo a la muerte y a la vida



La primera vez que entré en contacto directo con la muerte fue a través del libro “La rueda de la vida”, la autobiografía de la psiquiatra Elizabeth Kübler-Ross, quien dedicó su vida al estudio de la muerte, las personas que estaban muriendo y el efecto que este hecho tenía en sus familiares. Se posicionó fuertemente en un ámbito donde las mujeres todavía no eran vistas como profesionales confiables y en un tiempo donde la muerte era un tema tabú.


Durante la Segunda Guerra Mundial, acompañó a refugiados, y luego de la guerra visitó el campo de exterminio Maidanek en Polonia, donde se sintió fascinada por la resiliencia y la compasión del espíritu humano. En las paredes de este lugar, encontró miles de mariposas talladas y éstas se convirtieron en el símbolo de su trabajo exhaustivo y brillante que para siempre cambió la mirada del mundo occidental sobre la muerte. Incluso hizo de la suya propia poesía cuando, al enterarse de que tenía una enfermedad terminal, decidió documentar su pasaje junto con un colega muy querido. El producto de ese camino es un libro maravilloso para cualquier persona que está siendo atravesada por el doloroso misterio: Sobre el dolor y el duelo.


Una de sus frases más conocidas es la siguiente: “Morir no es algo que temer. Puede ser la experiencia más maravillosa de tu vida. Todo depende de cómo se ha vivido”.


Esta mirada sobre la vida es fundamental para comprender qué está sucediendo en el mundo hoy. Estamos en medio de una pandemia que ha paralizado al mundo entero. El pánico y la incertidumbre abundan, como también la sospecha y la hostilidad. Mueren miles de personas por día por Covid-19 y por circunstancias ajenas a él. Si uno investiga con profundidad las cifras y porcentajes, el resultado es que tenemos un 0.0001% de posibilidad de morir por este virus. Entonces, ¿por qué lo que ha paralizado al mundo es esto?



Miedo a la muerte


Si hay algo que sabemos con certeza es que algún día vamos a morir. Pero estamos tan ensimismados en nuestra rutina y nuestra cotidianeidad, que no nos percatamos del hecho de que, en cualquier momento, podríamos no pertenecer más a este plano terrenal. Cuando se avecinó la amenaza de un virus que contagia fácilmente y que ha recorrido el mundo, la gente entró en pánico porque de pronto, la muerte se hacía algo real y tangible. Existía la verdadera posibilidad de que sucediera, como si nunca hubiese estado allí.


Esta pandemia ha puesto en evidencia el miedo que le tenemos a la muerte y cuán poco hablamos de ella de manera honesta y transparente. Pero más importante de todo: Ha puesto en evidencia el miedo que le tenemos a la vida. ¿Por qué temerle al siguiente paso de nuestra alma si hemos vivido plenamente?

Irvin Yalom, un psiquiatra existencialista de renombre que en este momento está atravesando el duelo de su esposa y que siempre habló sobre la muerte, especialmente en su libro Staring at the Sun, dice que cuanto más “no vivida” es tu vida, mayor va a ser la ansiedad de morir. Algo positivo que podemos observar sobre la situación actual y el despertar del miedo colectivo de la muerte es lo siguiente: “Conciencia de la muerte puede llegar a servir como una experiencia de despertar, un profundo catalizador de grandes cambios de vida. Estás incitado a abordar tu responsabilidad humana fundamental de construir una vida auténtica basada en participación, conexión, sentido y plenitud”.


Dejamos de vivir cuando le tememos a la muerte. Quedamos tan encerrados en nuestros pensamientos que nos traen sufrimiento y limitamos tanto nuestra vida a nivel físico y externo, que nos robamos de la experiencia de estar vivos, de vivir. Heidegger definió la muerte como “la imposibilidad de posibilidades futuras”. Pero si nos cerramos en nuestro miedo, ¿no somos nosotros mismos los que limitamos nuestras posibilidades más que el cese de existir físicamente?


Pero vivir plenamente también genera temor, porque supone salir de la zona de confort, de lo familiar, de lo condicionado, es librarnos de las creencias limitantes propias y ajenas (sociales, culturales, familiares). Supone vivir de manera consciente y conectada. Y no solo lleva trabajo y compromiso, sino que además surge la pregunta de manera inconsciente: ¿Cuál es el costo de modificar mi forma de ver las cosas o de comenzar a vivir de otra manera? ¿Estoy dispuesta a asumir todos los cambios que se generarán a partir de mis decisiones?


El dolor por la muerte de un ser querido


En mi historia, hubo tres muertes significativas. Dos de ellas especialmente dolorosas. De esas muertes en las que uno pierde parte de su corazón, se desintegran todas las estructuras conocidas y acogedoras y se siente la presencia de una ausencia tan arrolladora y desoladora. De esas muertes donde se para el tiempo, dejamos de habitar en tiempo chronos (lineal y secuencial, inventado por el hombre) para quedar inmersos en el tiempo kairos (el del alma, esa atemporalidad). De esas muertes que te traen directo al alma cada vez que recordás a esa persona.


Elizabeth Kübler-Ross escribe: “El amor verdadero no muere. Es el cuerpo físico el que muere. El amor auténtico y genuino no tiene expectativas; ni siquiera necesita la presencia física de la otra persona. Aún cuando ya está muerto y enterrado, esa parte tuya que ama a esa persona vivirá por siempre”.


Puede que estés pasando por el duelo de un ser querido por el virus o por cualquier otra razón. No hay recetas ni fórmulas para vivir la muerte de un ser querido, sea en cuarentena o sin la cuarentena. Por un lado, todo este tiempo en casa habilita que no escapemos nuestras emociones abrumadoras, el recuerdo de esa persona y lo que nuestro vínculo con él/ella significó para nosotros (tanto si era un vínculo sano y sanador o un vínculo lleno de dolor). Tenemos espacio y tiempo para parar, nadie nos está exigiendo que sigamos con nuestra vida como si nada hubiese pasado, porque todos sentimos que algo definitivamente está pasando. El mundo está paralizado junto con nosotros, con nuestro sufrimiento.


Por otro lado, es imposible sentir el abrazo acogedor de los que más amás y más te podrían acompañar en este momento; hay tanta incertidumbre y tantas prohibiciones en el aire que es difícil conectar con las posibilidades infinitas de la vida, con promesas de juntadas/viajes/encuentros/proyectos/etc. que entusiasman e inspiran; no hay acceso a objetos, eventos o momentos que son medicina para el alma.

Cada uno hace lo mejor que puede con las herramientas que tiene. Pero para traer mayor claridad al proceso que se inicia o se está atravesando, comparto los 5 estadios del duelo expuestos por Kübler-Ross. Recordá que no son lineales, incluso se pueden dar todos en un mismo día.


El primero es la negación. Ante la sorpresa de la pérdida, la negación (más simbólica que literal), nos insensibiliza porque la realidad de esa muerte es excesiva para la psique. Nos ayuda a “dosificar el dolor de la pérdida. Hay alivio en ella. Es la forma que tiene la naturaleza de dejar entrar únicamente lo que somos capaces de soportar”.


Luego viene la ira. Aunque sepamos que esa persona quizás no quería morir, le recriminamos que nos haya abandonado. Eso no tenía que suceder, al menos no ahora. “El hecho de haber sobrevivido a la pérdida nos resulta sorprendente”, y no es extraño que aflore el enojo cuando todos piensan que nos estamos acostumbrando a la partida y estamos volviendo a nuestra rutina. También nos enfadamos con nosotros mismos: ¿cómo no lo pudimos evitar? ¿cómo pudo haberse ido?


Otra de las etapas es la depresión, que nos obliga a ir más lentos, nos permite evaluar de forma real la pérdida, y así reconstruirnos de nuevo desde la nada: “Limpia el camino para crecer”.


Tiernamente, Kübler-Ross aconseja: “Has vivido en un estado tan intenso que cualquier cosa te hará sentir vacío. Tu vida se ha desequilibrado y seguirá así durante una temporada. Hará falta tiempo para encontrar un nuevo equilibrio”.


Al final del camino de esta nueva manera de relacionarnos con la vida y aprender a habitar un mundo sin esa persona, llega la aceptación. Si bien la tristeza late en esa parte del corazón que se fue con ese ser amado, ya estamos en paz. Con la vida, con su vida, y con mi vida sin él/ella.


El misterio de la muerte en tiempos de pandemia


Este es un tiempo de duelos. Aunque estemos disfrutando muchos aspectos de la cuarentena y hasta nos traiga alivio, inspiración o tiempo de calidad con otros. Siempre hay duelos frente a un cambio significativo. Y es mucho más intenso cuando es a nivel mundial y colectivo porque se siente a nivel energético en el aire, en las relaciones, en las personas, en los medios de comunicación y de entretenimiento, etc. Los duelos que se están abriendo ante nosotros son muchos, y me gustaría dedicarle un post aparte.

Pero para cerrar este escrito sobre la muerte, me gustaría decir lo siguiente: El miedo al contagio y a la enfermedad están presentes porque le tememos a la muerte. En vez de sentarnos con ella, con las imágenes y creencias que tenemos sobre ella, con la realidad de que siempre está presente en nuestras vidas, la evitamos, huimos de hablar honestamente sobre ella y de compartir con otros nuestro duelo o anécdotas e historias de la persona que partió. El muerto se vuelve tema tabú.


¿Por qué le tememos a la muerte propia? Porque tememos no haber vivido con plenitud. Pero el enfrentamiento colectivo a la muerte es el escenario ideal para despertar y preguntarnos: ¿cómo puedo aprovechar esta toma de consciencia para tomar decisiones nuevas en mi vida, para expandirme, para liberarme de creencias limitantes y conectarme con mi alma y con mis deseos?


¿Por qué le tememos a la muerte de un ser querido? Por lo que eso significa en nuestra historia. Tememos el dolor que causa la ausencia de alguien que amamos y tememos comenzar a vivir en un mundo que se hace nuevo y diferente sin esa presencia y sin ella/él cumpliendo el rol que cumplía en nuestra vida. Se abre paso de manera obligada a una nueva manera de relacionarme conmigo misma, con el mundo y con esa alma. Y ese cambio es desgarrador, además de abrumador por lo incomprensible.


Para poder atravesar un duelo de manera que no nos quite calidad de vida una vez pasado el tiempo, cuando llegamos a la otra orilla, es fundamental no aferrarnos a las historias de sufrimiento que le agregamos al crudo dolor de la pérdida. Por muchas razones, nos privamos de vivir por ideas que tenemos sobre esa muerte o lo que hubiese significado para esa persona que continuáramos con nuestra vida. Puede que vuelvan una y otra vez a nuestra mente ideas sobre cómo nuestra vida está peor sin él/ella, y nos estanquemos en el “no lo puedo superar”.


Hay que recordar que esa persona sigue viva, y viva en plenitud, en la luz, en la libertad absoluta. Tanto en nuestro corazón como en su alma (dependiendo de qué crea cada persona con respecto a lo que sucede después de la muerte).


Recordar y amar sana. Seguir perpetuando ciertas historias en nuestra mente a lo largo del tiempo que nos aferran al sufrimiento y no nos permiten salir adelante y vivir plenamente, solo nos resta de lo que vinimos a hacer a este mundo. No nos permite integrar la voz y la vida de ese ser querida, a nuestro corazón, y llevarlo con nosotros en alegría, entusiasmo y placer, donde quiera que vayamos.


Esa persona es parte de vos y vos sos parte de esa persona.


Honrá su vida.


Honrá tu vida.


Y honrá la vida.


No hay mejor manera de celebrar los legados.

© María José Cormack 2020 | Página web creada por Delfina Velarde.